Otro antiguo demo de mi grupo experimental PECIS ALOSTIS (que significaría en "latinglish" algo así como "peces perdidos") Tema rescatado del arcón y remezclado en el año 2008. Ante la imposibilidad de regrabar algunas tomas cantadas por el talentoso músico electrónico "Goma" Gómez (hoy radicado en El Bolsón o tal vez en alguna otra parte de este mundo) mi voz es la que aparece "injertada" en la primera estrofa. A pesar de los cambios, la grabación conserva íntegramente el espíritu original
Hay colores que resisten en tu habitación
/es una situación muerta que no tiene fin
/hay fantasmas que se huelen, no todo es humo/
las palabras se revelan sin mojar tu sed/
Dejaré ese humo/
Dejaré ese humo
que va hacia el sur/
No hay nada que puedas esperar de mí/
No hay nada que puedas esperar de mí/
Evitaré cada rastro de sal/
Evitaré cada rastro de sal/
Dejaré ese humo
que va hacia el sur/
Sé que no mirarás tv/
y esta vez hasta podrás hablar
tienes/ que enfermar y ser/
para mí lo que dejaré…/
Dejaré ese humo
que va hacia el sur/
¿Qué ves en mí?...
SEBASTIÁN GÓMEZ (Prosonik), en el búnker surrealista, algunos años atrás.
El crujido lo despertó justo en el medio de un sueño apacible. Se destapó y miró a su lado. El reloj marcaba las 4.00 a.m. y su esposa dormía en plena calma, sin percatarse de la extraña intrusión. Porque algún hijo de puta se había metido en la cocina de su casa y estaba hurgando (seguramente alguien había hablado) en el frasco de azúcar que contenía sus ahorros, esos dólares estadounidenses que había decidido no depositar en el banco.
Por suerte, el revólver calibre 32 estaba cerca, guardado en el cajón de la mesita de luz desde mucho tiempo atrás y no tenía estreno. Ahora por fin iba a debutar. Hacía rato que le tenía ganas a esos amigos de lo ajeno, a esos cacos de mierda él les iba a enseñar una lección que no iban a olvidar jamás.
Y entonces tomó la decisión de bajar. Luego de darse un par de saques de cocaína para cobrar ánimo, en puntas de pie, se deslizó por las escaleras con la precaución de no hacer ruido alguno. Por la ventana de la cocina observó al malhechor, una figura de contextura robusta y rechoncha que se desplazaba subrepticiamente en medio de la oscuridad. Entonado y decidido, sin esperar un instante más, apuntó y abrió fuego. Todo el contenido del cargador de su revólver penetró en la cabeza del extraño. Con un ráplido refejo, se apresuró a encender la luz. El panorama era patético, alguna cosa no encajaba: estaba fuera del orden. Recordó fugazmente un viejo tema de Caetano Veloso hasta que en su mente desfilaron mil imágenes y sus pensamientos se convirtieron en un guión de una película de horror. Recordó la diabetes melitus, la prohibición de los dulces, la insulina, la cocaína y también las luchas constantes contra las privaciones por ciertos regímenes alimenticios. Pensó en su infancia y miró al sujeto desparramado en el suelo. Todavía aferraba en sus tiesas manos un pote de dulce de leche. Mientras tanto, alertada por las detonaciones, su mujer bajaba las escaleras y se disponía a ingresar en la cocina, pero él la detuvo en seco y luego de limpiarse una húmeda piedrita blanca que colgaba de su nariz le dijo tranquilamente: “no entres, acabo de matar al goloso de mi padre”.
Eric Clapton invitó a Pete Townshend a acompañarle en su nueva gira, y Keith decidió unirse. En una de las actuaciones, salió al escenario y "tocó" una guitarra de juguete. Después, volvió del backstage con la guitarra llena de carne de hamburguesa y la rompió en la cabeza de Clapton. Pero como era un buen chico, rápidamente consiguió una escoba y se puso a barrer.
Cuando Keith tenía 17 años, se compró un disfraz de caballo, y estaba tremendamente feliz. El mismo día que lo compró, se lo puso y intentó subir a un autobús. Cuando el conductor le negó el acceso, él empezó a perseguir el autobus calle abajo, saltando dentro y fuera, relinchando, maldiciendo y gritando "¿dónde dice que no se permiten caballos?"
Durante uno de sus (muchos) ataques de rabia, tiró una botella de vino a su esposa, Kim. Cuando se seco la mancha de la pared, le puso un marco y posó ahi para fotos publicitarias.
Mientras vivía en California, Keith se emocionó al enterarse que su vecino de al lado era Steve McQueen. Fue a su casa para presentarse, pero en vez de eso conoció a su hijo, al que ofreció drogas rápidamente. Comenzó una pelea, y culminó con Keith mordiendo al perro de McQueen. Al día siguiente tuvo que ir a la comisaría para contestar unas preguntas, y se presentó vestido con un uniforme nazi. Se retiraron todos los cargos.
En una gira con los Herman's Hermits, compró una piraña como mascota y la guardó en la bañera del hotel. Un día decidió hacerle 'cosquillas en la nariz', cosa que por supuesto, terminó con un mordisco.
Nunca creyó en el movimiento hippie de paz y amor. Cuando alguien con pelo largo y collares le intentaba dar una flor, él sonreía y arrancaba la parte superior de la flor de un mordisco.
The Monkees tenian un concierto con todas las entradas vendidas, y justo antes de que ellos salieran, hubo pequeños disturbios en las primeras filas. Por supuesto, Keith era responsable. Estaba haciendo cantar al publico "¡Queremos a los Who! ¡Queremos a los Who!" Pese a todo, los Monkees tocaron.
En una ocasión, compró un par de piernas ortopédicas, las sacó por la ventana del coche, y mientras el chofer conducía, él se dedicaba a mover las piernas y gritar, finguiendo una violación. Se avisó a la policía que localizó el coche en un hotel, subieron a la habitación de Keith, y mientras el chofer intentaba contarle a uno de los policías lo que había pasado, el otro registraba la habitación. En mitad de la explicación, el del registro salió del baño diciendo "Dios mio, no sólo la han violado, la han matado." Lo que sucedió fue que Keith les había visto llegar, así que su mejor idea fue poner las piernas dentro de la bañera para que el policía pensase que estaba alli dentro muerta, mientras él lo observaba todo desde dentro del armario. Por supuesto, ni se le detuvo ni se presentaron cargos.
1º de mayo de 1966. Entrega de premios de New Musical Express. Allí se encuentran Jagger, los Shadows, Roy Orbison...y los Beatles. En esto Keith se acerca a Paul McCartney. Pete Townshend lo contaba así: "...recuerdo que Keith se acercó a los Beatles y tras unos minutos de comentarios informales, le dijo así, directamente a Paul McCartney -"Oye, lo he decidido, quiero irme de los Who y ser vuestro batería". Los cuatro Beatles se rieron tomándoselo a broma, como un chiste, pero Keith, poniendo cara muy seria, insistió. -"No, oye, no es ninguna broma. Soy muy bueno, quiero ser vuestro batería" Keith insistió, incluso con Ringo Starr delante, y John Lennon le dijo-"Bueno, Keith, la verdad es que ya tenemos batería y estamos muy satisfechos con él ¿sabes?", y Keith les contestó-"No, vuestro batería apesta, es una puta mierda, yo puedo hacerlo infinitamente mejor que él". Entonces vi que a Ringo Starr la broma le parecía que estaba yendo demasiado lejos y me fui hacia Keith y me lo llevé de allí mientras le explicaba a John que no hiciera mucho caso a Keith, que era muy bromista. Luego nos reímos mucho, pero en ese momento estuve a punto de darle una ostia. Pero bueno, así era Keith Moon." (Extraído del libro “The Who”. Mariano Muniesa. Editorial Cátedra)
Una anécdota famosa sobre los Who es su aparición en el programa de los Smothers Brothers en los ultimos 60. Sin decírselo a nadie, Keith cargó su un tambor de su batería con pólvora antes de la actuación, pero no sabía cuánta usar, y terminó poniendo demasiada. Entonces, al final de su actuación mientras Pete tocaba su Rickenbacker delante del equipo de Keith, hizo estallar la pólvora causando una gran explosión. John y Roger se agacharon a un lado del escenario, y Pete salió despedido, su pelo se chamuscó, y su oído sufrió dañó permanentes. Un trozo de platillo se clavó en el brazo de Keith, y Bette Davis que era otra invitada del programa se desmayó en los brazos de Mickey Rooney.
Gracias a Ulysses Theremin de la página SPACE ROCK HEATERS, de donde fueron extraídas las jugosas anécdotas. Para ver la nota completa visitar el siguiente link: KEITH MOON en Space Rock Eaters
FIDDLE ABOUT - Escena de la ópera rock "Tommy" (1975), dirigida por Ken Russell. Keith Moon es el depravado tío Ernie; también aparecen Roger Daltrey, Oliver Reed y Ann Margaret.
PINBALL WIZARD - Otra clásica escena de "Tommy", con la presencia de Elton John.
EL EQUILIBRIO DEL DISPARATE se despide sin bombas de estruendo. Es hora de sacar las botellas vacías del cerebro y estar en silencio. ¿Por cuánto tiempo? Ojalá lo supiera, tal vez es momento de bajar la cortina para que la resaca no hiera tanto y juntar los retazos para que todo tenga un (sin)sentido.
Gracias a los queridos amigos que me visitaron durante este año y medio. Sin sus aportes, este espacio hubiera desbarrancado desde el primer instante de vida.
Un abrazo para todos. Los que quieran seguirme, pueden visitar mis otros blogs, que por ahora funcionan.
¡Ah, la vida en este maldito país! Es cierto, ¡cómo la odio!... está llena de timo, fraude, desesperanza, en fin, todo lo malo que uno puede esperar acerca de las generalidades de la existencia. Entonces, ¿cómo no elogiar y alabar la excepción? ¿Cómo no resaltar una pequeña atmósfera de iluminación entre tanta y concentrada negrura? ¿Cómo no agradecerle, Dr. R.G. (legales razones me impiden mencionar el nombre), su generosidad, su sutil manejo de la verdad?... Ah, amargo remedio la verdad, dorado veneno que pocos nos hacen consumir... Mi vida, hasta los treinta años, transcurrió dentro de los parámetros que podemos considerar normales. Quizás normalidad y mediocridad se hallen íntimamente asociados -al mencionar el tema reparo en ello- pero ante todo, lo rescatable era que no la pasaba mal, pocos problemas agobiantes y complejos turbaban mi mente. Y ese es el tipo de análisis que se presta más adecuado para entender los tiempos que avanzaron en mí... Nunca supe bien la génesis del infame caos que desestabilizó mi vida. Un golpe en la infancia, decían unos, el efecto residual de algún psicofármaco, opinaban otros malintencionados; pero muchos más mencionaban el crecimiento de un proceso de degeneración de mis células mentales, lo que me conduciría a un nuevo y hermoso mundo de reposo vegetal. La triste historia comenzó un fatídico día de verano, una mañana trivial, simple, aburrida y cotidiana, como casi todas. Me había levantado bastante tarde y de buen humor. Me hallaba parado frente a un espejo, observando mis ojeras matinales. Ese día no trabajaba, casi que sentía al tiempo como propio, corriendo en mi sangre, encarnado en glóbulos amigos y afables. En realidad, al mismo tiempo me sentía hecho un tonto, un poco más que de costumbre tal vez; lo cierto es que, frente al espejo de mi cuarto de baño, al encender la luz , comenzaron las alucinaciones. ¿Cómo decirlo? ¿Cómo describir la infernal parafernalia, la angustiosa opresión?...Al principio era una especie de escalofrío que recorría cada milímetro del cuerpo, después venía un mareo intenso y un cosquilleo detrás de la nuca para, por fin, iniciarse un proceso confusional de delirio . Ah, cruel y repulsivo delirio que casi me lleva de este mundo... Me sentía de lo peor, acostado en el piso del baño, veía como miles de cucarachas bajaban por los azulejos y se acercaban a mí, me besaban en la boca. Ah, qué horror, aún siento el cosquilleo de sus antenas en mi nariz, sus patas escarbando en mi lengua... Cuando se iban, venía el castigo auditivo: la atormentadora sirena de una ambulancia. Mis tímpanos se inflaban como un globo de cumpleaños soplado por un desagradable niño travieso. Y luego, el fogonazo postrero y las imágenes más trágicas y desoladoras de mi vida: mi propia muerte, ah, qué forma más horrible de morir..., no podría volver a describir con exactitud las agonías que se tejían en mí , que se urdían en mí, la vergüenza me impide dar más detalles. Así fue el comienzo de mi mal, al principio los ataques eran esporádicos, luego llegué a contar tres diarios. La gente que me veía decía que me retorcía en el piso como un condenado durante unos cuarenta minutos, mientras babeaba copiosamente y pronunciaba palabras incoherentes. Como consecuencia inmediata mi estado físico empezó a deteriorarse a la par que mi psiquis, la que ya parecía un carnaval de dolores arrastrando su comparsa de bufones en terapia intensiva. En menos de un mes había perdido veinte kilos, lo que en mí, una persona más bien delgada, ya parecía demasiado. Era la errante sobra de la sombra de un ser viviente que aguardaba la pesadilla final. Con el paso de los días mi escuálida figura fue desfilando ante distintos profesionales del arte de curar: psiquiatras, neurólogos, psicólogos, curanderos, parapsicólogos, manosantas y quién sabe cuántos más...Mi cabeza se llenó de oraciones, plegarias, píldoras, yuyos, agua bendita, cables, botones y jeringas. Mil quinientos estudios y análisis y ninguna solución...Deambulaba todos los días por esta maldita ciudad sin saber qué hacer. Imagínense ustedes a un pobre hombre sin rumbo en un desierto y a merced de sus enemigos. Lo único que había cambiado era mi estado patrimonial que, a esa altura, merecía el calificativo de ruinoso y desesperante. Todos me habían defraudado La sociedad me había utilizado como conejillo de Indias, habían experimentado con diferentes tipos de tratamientos, habían clavado en mí cientos de agujas, había soportado rigurosísimos regímenes de alimentación. Tendría que mencionar también acerca de mi triste experiencia en una casa pública de salud mental, donde mediante diarios electroshocks intentaban encaminar el rumbo de mi salud, cosa que no sucedía, es más: empeoraba. La frecuencia de los ataques había aumentado considerablemente en menos de una semana y la situación era verdaderamente insostenible. El suicidio rondaba mi cabeza permanentemente, como única salida posible de las tinieblas pero, bueno, creo que ya lo anticipé en las primeras líneas del relato, todo desembocó en un final feliz, un inesperado final feliz. Lo que debe llamarse un “insólito caso de honestidad”. Es una reconciliación con mi tierra y con mi sangre, yo lo siento así... Ah, los héroes anónimos...
El Dr. R.G. me devolvió la confianza en la vida. El brillante profesional desentrañó las causas de mi extraño mal: una especie de hipersensibilidad a ciertos colores que se manifestaba de manera mutante: a veces ante el color rojo, otras ante el verde o el amarillo y se originaba por una anormal secreción de endorfina, sustancia de características similares a la morfina, que se halla nuestro propio organismo. Por desgracia, mi rara enfermedad era de difícil pronóstico. El Dr. me curó y ahora soy una persona nueva. Ya no tengo visiones infernales ni terribles. Ya no me excitan los colores. Mi cerebro está libre de las penosas pesadillas. El Dr. R.G. atiende sin cobrar un peso de plus y por obra social. Lo digo yo, que no le aboné un céntimo. Lo dirían los abuelos a los que asiste en las eutanasias. Por mi parte, lo recomiendo con fervor. Ni siquiera quiso cobrarme el frasco de ácido muriático con el que quemó mis ojos. “Si no puedes suprimir las causas, suprime el efecto”, siempre decía.
Los últimos restos emboscados en la escena post-pluvial, casas rodantes a tracción de baba siembran a su paso cierta comezón de urticaria.
La fase oscura se preña de humedad en el rodeo escénico salival donde el primal retoño del despojo florece a la deriva.
La presión de la praxis sobre la espina dorsal amortigua el resbalar gelatinoso del gastrópodo para recolectar el rezago.
Mausoleos de angustia viscosa arrastran laberintos y capas concéntricas, la tradición adhesiva del epifragma reluce ante la convergencia aerodinámica de una cáscara crocante a la vista.
Guardó un secreto entre rejas de alfileres, saboreó un zigzag de autitos chocadores arropados con navajas, masticó todas las cruces, vomitó los cristos y no hubo cura, brujo ni médico de guardia que pudiera calmar el mareo y adormecerlo sobre el vientre de un carrusel heliocéntrico, bajar el brazo extendido, y cerrar los ojos del caballito de madera.
A medida que pasa el tiempo van cayendo uno a uno los barrotes, el punto de suspensión se mantiene invariable en su tertulia de engranajes sobre el eje rotacional de la tierra pero aún no se ha revelado el mejor de los secretos, ese que todos quieren guardar para seguir dando vueltas.
FABRICIO SIMEONI - FERNANDO MARQUINEZ del libro CAVIDADES DEL RECREO (próximo a editarse), primer premio de poesía FELIPE ALDANA 2007.
Fotos: campos de girasoles en las cercanías de Orense, provincia de Buenos Aires, enero de 2007.
estás en medio de la luz
mirándome, buscando el sur
sin saber de suertes,
sin recordar a quién te hundió
sueño...
la fiebre no desvelará
tal vez te incendie o te moje
caminar sin respirar
el grito urbano se extinguió lento
mil negros pensamientos de repetición
no dicen que he muerto ya
un girasol cuando mira la luna
desordena la ansiedad
y huye...
NOTA:El dani girasol (Helianthus annuus), también llamado calom, jáquima, maravilla, mirasol tlapololote o maíz de teja, es una planta herbácea de la familia de las asteráceas, cultivada como ornamental y oleaginosa, por su flor (en realidad una inflorescencia compuesta de múltiples flores) apical, de color amarillo vibrante, que gira a lo largo del día para mirar hacia el sol. Las inflorescencias crecen al cabo de un tallo que puede alcanzar varios metros de altura y que tiene pocas hojas. Los pétalos pueden ser amarillos, marrones, naranjas y de otros colores. El girasol es nativo de América, y fue cultivado hacia el 1000 adC. Desde ahí, los españoles lo exportaron a Europa al principio del siglo XVI. El girasol contiene hasta un 58% de aceite en su fruto o aquenio. El aceite de girasol se utiliza para cocinar, aunque no tiene las características cardiosaludables del aceite de oliva. También sirve para producir biodiésel. Las cáscaras y demás restos que quedan una vez que se han procesadas las semillas para el aceite, se utilizan en algunas ocasiones como alimento para la ganadería. Las propias semillas se venden normalmente como aperitivo y como alimento para los pájaros.
Ella era tan fría, tan impredecible, tan locamente extraña. Apenas si había un delgadísimo trozo de hielo entre sus aspiraciones y lo que realmente conseguía. Lamentablemente, él, bajo su influjo, estaba destinado a cumplir el rol de oscuro esclavo, de siniestro arlequín hundido en deleznable nada. Todos y cada uno de los caprichos debían ser complacidos pues de lo contrario ella podría enojarse. No, que Dios no permitiese tal infortunio... El era capaz de arrastrarse como una catarata de mermelada y retorcerse como lombriz en un anzuelo con tal de verla a ella feliz y conforme. Como aquel día en que -para comprarle el tapado de visón- tuvo que prostituírse ante cinco marineros filipinos o aquel otro, en el que mató a su perro -un ovejero de pura raza que había criado desde cachorro- sólo porque había ladrado fuerte y a ella le había producido perturbación, en realidad había mostrado cierta inquietud en su mirar pero sin llegar a molestarse. Ella era tan susceptible, tan hiriente. Y él, incondicionalmente seguía a su lado, pavimentado sobre sus pretensiones, crucificándose con tules de novia, arrastrándose ante látigos, cuero y encajes. Ella pedía, ella exigía, ella dominaba y la lengua del tipo solamente era el cotidiano betún de sus botas. Pero volvamos a él (no por mucho tiempo porque ella es la que importa). Se encontraba pensativo, algo agitado y transpirado. Eran las nueve de la noche y estaba sentado en el sofá del living del departamento que compartían en barrio Martin( uno de los más caros de Rosario), en un octavo piso, vista al río, con todos los detalles de comodidad posibles. Sus gestos reflejaban un penoso abatimiento. Era el día del cumpleaños de ella, que precisamente estaba por llegar a la casa y debía pensar en un regalo conveniente. Justo para ella, que era tan exigente con los obsequios. Y sí…, seguro que su elección cumpleañera no le iba a gustar, qué circunstancia terrible... En el último aniversario le había regalado un cero kilómetro importado y ella se lo había despreciado. Había ahorrado varios meses, había vendido preciosas joyas, que eran un recuerdo de su madre. Ella lo había mirado despreciativamente. “Metételo en el culo, infeliz, no se te ocurre algo más original?” -le había dicho...
Los minutos pasaban para agregarse poco a poco en sus espaldas y lo iban transformando en una especie de liquen compacto color almanaque que lo oprimía cada vez más. Ella en cualquier momento abriría esa puerta y no tenía un regalo. Resignado, casi sin fuerzas para pensar, se levantó, corrió hasta el dormitorio y trajo su revólver 38, el que guardaba en la mesita de luz. Luego escribió en una tarjetita “te amo” y la enganchó con un alfiler en la solapa de su saco. Se apuntó la sien y gatilló pero la bala no salió. En ese momento se dió cuenta de la locura que había estado por cometer. Su cráneo podría haber explotado y entonces la sangre habría manchado la alfombra persa de motivos dorados, la favorita de su esposa. Ni sintiéndose muerto convenía indisponerla a ella de ninguna manera, no, no... Entonces guardó el arma en el cajón, se quitó el saco, lo colgó en el perchero alisándolo suavemente para quitar las dobleces. Luego corrió hasta el balcón, se arrojó al vacío y cayó estrepitosamente sobre la vereda, cerca de unas plantitas de amaranto. Fue un golpe seco, inmenso. Rápidamente se acercaron al lugar varios curiosos y rodearon el cuerpo maltrecho. Cuando ella llegó, los miró fríamente, sonrió y entró con tranquila actitud en el edificio. El espectáculo era bastante desagradable pero al fin y al cabo había tenido su mejor regalo en años.
Los rivales se estudian, se huelen, se calculan. Se han cruzado en el camino y ninguno habrá de desviarse. La pelea se vislumbra desigual, por el tamaño y la ventaja química que tiene la araña. Ésta, sin embargo, no deberá descuidarse porque una estocada podría ser fatal.
Ha pasado media hora. El combate se demora, ninguno se ha movido. No es momento de descuidos, un mínimo error podría resultar decisivo. ¿Cuál será el método más eficaz para matar? ¿El veneno o la espada? ¿Se decidirán, alguna vez, los contendientes?
Por fin, la araña se abalanza sobre el escarabajo. La escaramuza dura sólo unos segundos. Las implacables mandíbulas aprietan la oscura carne del coleóptero, que busca un salvador movimiento de esgrima para salir de la incómoda situación.
Todo terminó. La dura coraza del escarabajo resistió el poder de las pinzas. El veneno no pudo penetrar. En cambio, la filosa espada atravesó el abdomen del arácnido, que yace de espaldas en medio de una interminable maraña de movimientos espasmódicos.
Hace poco más de quince días que me encuentro incomunicado, mi línea telefónica está descompuesta y a pesar de los reiterados reclamos la empresa Telecom no soluciona el inconveniente. Sin internet en casa, me veo obligado a postear en locutorios, pero claro, no es lo mismo. Mientras pierdo la paciencia y espero la normalización del servicio los invito a ver un video que filmé en la Necrópolis de Colón, La Habana, Cuba, hace algunos años.
Mi amiga Angeldreamsme ha propuesto dar a conocer cinco extraños hábitos, para seguir una especie de juego en cadena, al que pueden unirse todos los bloggers que así lo deseen desde sus comentarios o si prefieren, posteando en sus espacios. El equilibrio del disparate acepta la invitación, aquí van algunas rarezas:
1) Fotografiarme mientras duermo: algunos dicen que estoy obsesionado con tomar fotos y tienen razón... no hay descanso. Muchas veces mis dedos y manos se independizan de mi mente y continúan disparando el obturador, pese al reposo.
2) Contar las burbujas de las bebidas gasificadas: una opción alternativa ante el insomnio, si se trata de una bebida espirituosa el resultado es altamente efectivo.
3) Alimentar a los mosquitos con mi sangre: respetar el ecosistema siempre estuvo dentro de mis prioridades y un mosquito haciendo libaciones con mi RH negativo siempre configura un espéctaculo sumamente agradable.
4) Jugar a la ruleta rusa: en determinadas ocasiones un click te puede salvar la vida... Ver más sobre "RULETA RUSA" en mi fotolog psicodélico TRAIGAN A LUCY.
5) Ir al parque de diversiones: solamente para ver girar sin interrupciones al "Gusano Loco" y aspirar la bocanada de infancia que propone su vértigo.
¿Habrá alguien que calme la ansiedad del agua oxigenada? El trópico esquelético de todo acontecimiento se impregna de pasos en la adyacencia del desmayo.
La elongación del olvido mitiga sensaciones de vacío en el repelente de insectos. Una profundidad abismal apuñala su vector subliminal sobre la yema supérstite del maquillaje.
Ansioso rodeo de la crema de enjuague, lagrimales dominan el vértigo, un coto de caza entreteje cabezas, se aflojan los empíricos dedos ante la fascinación del fotograma.
¿Habrá confites antes del veneno? ¿Docilidad después del tornado? La piel se estira en los mapas, los anaqueles anfibios de ciertas pesadillas la vuelven impenetrable.
Una esquirla sostiene la química como trofeo en el cromosoma plástico de las cabelleras que ya no esperan por ninguna oxidación.